“A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos” dice Borges en “El Sur”. Escribió ese cuento después de sobrevivir a una septicemia que casi lo mata -por un absurdo accidente doméstico- a los 39 años, la edad que cumple Messi este miércoles. Juan Dahlman, el protagonista del cuento, sufre un accidente similar pero termina, tiempo después, involucrado en una pelea a cuchillo. Morir así, piensa el personaje, hubiera sido una liberación para él mientras agonizaba en el sanatorio.
Borges murió -ocho días antes del partido contra Inglaterra del Mundial 86- en Suiza, un país que le gustaba por el mismo motivo que aborrecía el fútbol. Detestaba la exacerbación de los nacionalismos y el fanatismo, tan diluidos en esa Ginebra que había elegido para morir.
El 14 de junio de 1986, la figura del genial escritor ciego superó las viejas antinomias y quedó instalada en el parnaso literario que desde entonces habita. El 22 de junio, un futbolista de 1,65, ayudado por su mano, superaba al arquero Peter Shilton en su intento de golpear con su puño la pelota que terminó dentro de su arco. Ese gol simbolizaba la viveza criolla, una de las caras de la argentinidad.
Cinco minutos después, Diego Maradona hizo “el gol del siglo”. “Ese fue, para mí –dice Jorge Valdano en un artículo publicado este lunes en el diario El País-, el preciso momento en que Diego dejó de estar con nosotros. Cuando pasados unos segundos llegué a abrazarlo, ya era tan universal como la pelota… Así quedó demostrado que los grandes mitos nacen cuando una pelota, que obedece a un hombre predestinado, consigue explicar un país entero. Y aliviar una herida”.
Valdano se refiere a Malvinas. En la previa del partido, el técnico Carlos Salvador Bilardo y el propio Maradona intentaron despejar esa connotación en sus declaraciones. “Esto es solo fútbol” repitieron. Pero lo eludido crecía dentro de los jugadores. Entraron a la cancha Burruchaga, Batista, Ruggeri, Tapia y Enrique. Los cinco, nacidos en 1962, por su edad podrían haber estado en las islas.
En junio de 2016, compartí un viaje en el auto de un amigo en común con Bilardo. Faltaba poco para un aniversario redondo de esa tarde mexicana. Quise meterme, con una pregunta, en la previa del partido. Todo el tiempo esquivé las alusiones pero hubo una frase ambigua, comentó. “¡Piensen en Argentina! ¡Transpiren sangre!”, dijo Bilardo a los jugadores, justo antes de que entren al túnel detrás del líder que estaba por grabar una escena en la memoria argentina.
“El partido”
Las comparaciones de sucesos separados por el tiempo implican un inevitable anacronismo, el gran pecado de todo historiador. Pero el juego, con sus limitaciones, es tentador. Hace tres semanas, desafié al director de Folha de Sao Paulo, al director del grupo español Vocento y a una directiva del medio inglés Goalhanger, a que votáramos por “el mejor partido de todos los tiempos”, un reto que podía generar controversia entre ciudadanos de cuatro países campeones. “Lo jugó tu jefe”, le dije a Emily Kent Smith, de Goalhanger, el sitio propiedad de Gary Lineker, el goleador de México 86.
“Fue el partido más icónico de todos”, dicen Juan Cabral y Santiago Franco, los directores del documental “El Partido”, basado en el libro homónimo de Andrés Burgo. En el documental, Valdano lee “Juan López y John Ward”, el poema en prosa de Borges, incluido en su último libro, en el que plasma el absurdo de Malvinas, y de toda guerra.
Del Azteca al AT&T Stadium: el 22 de junio, la fecha que une a Diego Maradona y a Lionel MessiEl partido Argentina-Inglaterra trascendió, en el recuerdo, a la propia final de ese Mundial que, para muchos, fue el último torneo romántico. La final de Qatar compite, en el imaginario argentino –y también en el de los aficionados del fútbol alrededor del mundo-, por un primer puesto en la historia de los mundiales. Tuvo de todo. 60 minutos de la que quizás fue la mejor performance de una selección nacional en una instancia decisiva. Y la tensión de los minutos finales, con un dramatismo difícil de igualar. La atajada con el pie del Dibu Martínez quizás lidere el ranking de las escenas más electrizantes del fútbol. Si no fue el cierre de “el partido”, fue el clímax del capítulo final de “el Mundial”.
“El gol”
Casi todos los partidos de fútbol se diluyen en el pasado. Se resisten a ser revisitados como una obra integral porque requieren la intensidad y la incertidumbre del presente. Lo que queda de ellos para el rescate son las grandes jugadas y, particularmente, los goles. Estos, con el tiempo, también suelen difuminarse. Excepto los asociados a momentos decisivos o los que se acercan a la perfección y, entonces sí, admiten ser vistos una y otra vez con renovado deleite. ¿Hay en ese conjunto una cumbre máxima? ¿Algo equivalente a una gran obra de arte? Algunos privilegiarán la calidad en la ejecución, otros la intensidad del duelo entre los rivales. O la emotividad. O el carácter simbólico de la competencia.
En la memoria mundialista, y en la del fútbol en general, es difícil competir con “el gol del siglo”. “Por primera vez en mi carrera sentí la tentación de aplaudir a alguien que había marcado un gol contra mi equipo”, confiesa Lineker en “El Partido”. “Compuso una sinfonía futbolística de diez toques en diez segundos”, dice Jorge Valdano, quien corrió al lado de Maradona, esperando el pase que nunca llegó.
Una construcción
Este lunes, Messi superó el récord de goles que Miroslav Klose consiguió en 2014 durante el inolvidable 7-1 con el que su selección le ganó a Brasil. El delantero alemán es recordado por esa marca y también por haber reconocido que había metido un gol con la mano ante el árbitro, después de que éste lo convalidara, en un partido de Lazio contra Nápoli. ¿Cómo hubiéramos reaccionado si Maradona hubiera hecho lo mismo en el primer gol contra Inglaterra en el 86? Cuatro décadas más tarde, ¿cambiaríamos ese instante, ese resultado, o incluso ese campeonato, ese sostén de nuestra autoestima, el recuerdo de ese éxtasis por la sola posibilidad de ser mejores?
La historia detrás del amor de Bangladesh por Argentina: Malvinas, Maradona y MessiDespués del partido con Argelia, Messi dijo que se identificaba con Rafael Nadal, de acuerdo a lo que había visto en el documental recientemente estrenado, que muestra la etapa final de su carrera. “La competencia es mi esencia”, dijo. Comparten, sin duda, ese espíritu pero también la resiliencia ante las adversidades y la capacidad de cimentar una carrera con una disciplina, una planificación y un esfuerzo extraordinarios, además del talento
La de Messi -una de las más extensas, estables y prolíficas en el mundo del deporte- tiene un espejo en la selección que conduce Lionel Scaloni, el ciclo más exitoso de todos los seleccionados argentinos. Una excepción dentro de un país que ha engendrado múltiples individuos brillantes como también una tendencia cíclica de fracasos colectivos.
¿El último baile?
El título del documental que registra el sexto título de la NBA de los Chicago Bulls, y el cénit de la carrera de Michael Jordan, fue usado durante el Mundial de Qatar para calificar la supuesta última etapa de la carrera de Messi y se recicla en las primeras semanas del actual campeonato.
Hay momentos en la historia del deporte que superan su lógica. La suspensión en el aire de Jordan al lanzar la última pelota en la final de los Bulls y los Utah Jazz en el 98. El 10 imposible de Nadia Comaneci en los Juegos de Montreal 76. El 9,58 de Usain Bolt en Berlín 2009. El 7-7 del último tie-break en la final de Wimbledon 2008 entre Federer y Nadal. Son instantes en los que se diluye la esencia competitiva. Los espectadores, y los propios jugadores, intuyen que son testigos de un hecho trascendente, superador del espíritu confrontativo que ahuyentaba a Borges. La inminencia de una revelación, diría el autor de El Aleph.
Messi va por un récord que lleva 68 años intacto y parecía imposible de romperAlgo de ese orden se produjo con el segundo gol de Messi en el partido con Austria. Todo un estadio cayó rendido ante la gloria del ídolo. Fue una beatificación popular que colocó al jugador en un panteón en el que su figura trasciende los debates sobre hipotéticos rankings.
Los grandes deportistas, en determinados contextos, tienen una percepción del transcurso de los acontecimientos distinta a la del resto de los mortales. Cuando concentran su atención en una jugada, experimentan una ralentización sensorial de la velocidad con que se desplazan personas y objetos, que les da margen para evaluar distintas opciones y elegir la mejor. Logran una victoria prodigiosa en la batalla humana contra el tiempo.
“El mejor Messi siempre es el último” suele decir Pablo Aimar. En esa impugnación de la decadencia natural de todo humano hay una clave para entender lo que estamos experimentando en estos días. La fascinación de ver cruzar a uno de los nuestros el límite que nadie más puede traspasar. Aunque sea por unos segundos. Aunque sea solo mientras dura una jugada.